Huellas del paraíso. Manuel Velasco en la Sala Parés

· ¿Dónde? Sala Parés
· ¿Cuándo? Del 8 de febrero al 15 de marzo de 2025
· ¿Días? Martes, Miércoles, Jueves, Viernes, Sábado
· Dirección: Petritxol, 5
· Organiza: Sala Parés

Exposiciones

La Sala Parés presenta "Huellas del paraíso" de Manuel Velasco.

En las páginas finales de El mapa i el territori (2010), Houellebecq tiene una visión. El futuro del Ruhrgebiet se le aparece así: "De Duisburg a Dortmund, pasando por Bochum y Gelsenkirchen, la mayoría de las antiguas fábricas siderúrgicas habían sido transformadas en centros de exposiciones, espectáculos y conciertos, al mismo tiempo que las autoridades locales intentaban implantar un turismo industrial basado en la reconstrucción del modo de vida obrero a principios del siglo XX. De hecho, toda la región, con sus altos hornos, sus escorias, sus vías férreas abandonadas ?donde los vagones de mercancías acababan de oxidarse?, sus filas de barracas idénticas y bastante pulidas, a veces animadas por jardines fabriles, se asemejaba a un conservatorio de la primera era industrial europea. A Jed le había impresionado entonces la densidad amenazante de los bosques que rodeaban las fábricas después de tan solo un siglo de inactividad (…). Aquellos colosos industriales, donde antes se concentraba el grueso de la capacidad productiva alemana, ahora estaban oxidados, medio derruidos, y la vegetación colonizaba los antiguos talleres, se infiltraba entre las ruinas y los envolvía gradualmente en una selva impenetrable."

Es muy evidente el paralelismo entre este presentimiento houellebecquiano y lo que se materializa en Huellas del paraíso: no solo el paisaje ?la naturaleza, considerada aquí como una alegoría del Edén? parece surgir espectralmente entre esos fondos de óxido y pintura tan característicos tanto de Manuel Velasco como de la estética fabril ?¿qué mejor imagen de la decadencia industrial que los desconchados en la pintura de una puerta o una máquina de chapa oxidada??, sino que el artista, que tiene su taller en La Marina del Prat Vermell, espera resignado, en esta antigua zona industrial barcelonesa, la inevitable demolición de todo el barrio, en decadencia desde los años sesenta. Probablemente, las fábricas del Ruhr sufrirán la misma suerte: el de Houellebecq no es más que un sueño.

El Edén detrás del Telón, por tanto, por qué así se titulaba la última exposición individual de Manuel Velasco en la Sala Parés. Resquicio (2022) fue una exposición dura. El inicio de la serie se remonta a unos años atrás y surge en un momento difícil tanto para el artista como para la humanidad: justo unas décadas después de la caída del Muro de Berlín, se levantan nuevos muros aún más grandes ?el que separa a los saharauis de Marruecos tiene más de 2.700 kilómetros, el de Cisjordania, más de 700?, pero sobre todo, y como consecuencia de la aparición de nuevas potencias ?y el consiguiente declive de las antiguas?, se forjó en la Europa y América del Norte de aquellos años un movimiento de repliegue, de desconfianza hacia el extranjero y de defensa de la identidad que ha acabado estallando, como vemos, a lo largo de estos últimos meses. Manuel Velasco inició entonces un trabajo con el polvo de hierro ?un material utilizado en la industria siderúrgica y en el procesamiento de productos agrícolas? que todavía continúa desarrollando. Al principio, estas superficies oxidadas, ocasionalmente perforadas, como si hubieran sufrido impactos de bala, representaban banderas. La bandera es, sin duda, el símbolo perfecto de este ?en mi opinión, perfectamente inútil, además de estéticamente dudoso? repliegue hacia posiciones conocidas. Ciertamente hay desconcierto ante la reconfiguración planetaria provocada por la globalización ?es decir, por la revolución de las telecomunicaciones?, y últimamente suelo decir que los que estamos en el mundo del arte tenemos la suerte ?gracias especialmente al surrealismo? de estar familiarizados con la posibilidad de lo extraño; y con lo inusual, incomprensible, desordenado, irracional o azaroso. Y también con lo maravilloso. Así, Manuel Velasco, que sin duda veía amenazada la utopía moderna ?Imagine there's no countries? se rebeló contra muros y banderas: los oxidó, los rayó, los perforó, llegando así, quizás inesperadamente, a una poética de la industria extraordinariamente eficaz, sensual y propia.

Este artista, que a principios de los años 2000 había aprovechado los nuevos medios para desarrollar un interesante fotorrealismo que versaba tanto sobre el paisaje terrestre y marítimo como sobre el entorno urbano (cuadros que se expusieron en la recordada Galería Almirante de Madrid y en la prestigiosa Sala El Brocense de Cáceres, con prólogos de Óscar Alonso Molina), llega a la abstracción en la década siguiente y enseguida comienza a desarrollar unos procedimientos que tienen mucho que ver con los que emplea actualmente. Se trataba entonces de desgastar la pintura, de añadir y quitar capas, de rascar y levantar. Sobre estos procesos de acumulación y recuperación se ha escrito mucho; es la mecánica del ziggurat, el antecedente de la pirámide, de la Torre de Babel y, en cierta manera, de la enciclopedia: aquella construcción que se levanta sobre sus propias ruinas, que acumula en sí misma su pasado y que aspira a tocar el cielo porque reúne todo el saber conocido. En esta construcción eternamente excavada por los investigadores, igual que en estos cuadros que parecen paredes pintadas y desgastadas infinitas veces y que evocan paisajes abstractos, cada capa remite a un momento concreto (además de participar en la construcción de la imagen final): el cuadro remite a sí mismo, explica la historia de su elaboración y, al hacerlo, construye una imagen nueva. Así, está la imagen, está el paisaje, pero también está el objeto cuadro, pura materia (sondada). Sobre esta coexistencia de "capas de realidad" ?esencialmente lo ilusorio y lo real? basa Hoffmann su clásica teoría del arte moderno: está presente en el arte medieval ?los códices con su relato, sus ilustraciones, sus letras de oro, sus filigranas? y vuelve con el collage cubista, que combina la escena pintada con recortes de periódico y otros objetos.

Todo esto se dice porque es probable que Manuel Velasco, que, como se ve, ha evolucionado siempre en torno al paisaje ?le dedicó un texto Javier Hontoria, el gran crítico especializado en paisaje? y vuelve ahora de una manera realmente elegante, esté en el mejor momento de su carrera. En estos paisajes sutiles, esenciales ?con un inconfundible perfume oriental?, mínimos, que aparecen espectralmente entre los restos del material industrial, hay, además de la evidencia de un dominio del trabajo con el óxido y el color ?de todas maneras, Manuel Velasco siempre ha sido muy hábil con la materia, ha inventado varios procedimientos eficaces?, un elemento nuevo y maravilloso: el dibujo. Líneas que figuran plantas, bosques, aguas y horizontes sin dejar de ser líneas o, para ser más precisos, rayas que, sin dejar de serlo, provocan mágicamente la aparición de un espacio, un mundo, más allá de la superficie metálica. Un Edén, dice el artista, quizás saturado, como todos, de un desarrollismo desaforado que ya no lleva a ningún lado (en el mejor de los casos), y que en esta alegoría de la decadencia industrial ?bastante más bella, en este sentido, que la de Houellebecq? toma forma de alucinación.

Hay muchas cosas más en estas hermosas pinturas, demasiado para ser explicadas ?cuando un artista llega a la madurez, ya no puede dar cuenta de la cantidad de elementos que conforman su obra?: las huellas que dejamos ?cuya metáfora son los arañazos, pero también esos dibujos sobre papel hechos con la oxidación de objetos metálicos?, que desde siempre obsesionan al artista; las sombras y los reflejos; las tragedias del mundo ?"pintura para tiempos ásperos", me dice?; el amor por la naturaleza; el terrible problema climático; y Tanizaki, y El Bosco, y Durero... Al formalista, en todo caso, solo le importan esas atmósferas tenues y sugerentes que crea la materia cuando se le deja ser, y esos dibujos mínimos, sabios, a la vez orgánicos y geométricos: es la naturalidad con la que surgen y construyen la escena la que garantiza que la pintura sea cierta. No sabemos qué vendrá después de la civilización industrial basada en la quema de combustibles fósiles, pero, sea lo que sea, ya está aquí, presentido.

Javier Rubio Nomblot

 

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