"Vivers" Rafel Joan en la Sala Parés
· ¿Cuándo? Del 9 de abril al 30 de mayo de 2026
· ¿Días? Martes, Miércoles, Jueves, Viernes, Sábado
· Dirección: Carrer Petritxol, 5
· Organiza: Sala Parés
Primero crees que te acomete una claridad tamizada que es como el deseo. Una incandescencia sorda, a medias en la penumbra, que se delimita en el eclipse y se espesa, que has de entrever tal como buscas en el peso del aire el ala de un animal nocturno que atraviesa el cielo. Y no cuesta saber que siempre hay un despeñadero entre esta fulgencia y nosotros. Entre dos oscuridades. Porque a la euforia pletórica de lo que está vivo se le añade aquella orfandad de ir a lo suyo, una soledad de los que van por separado. Sin embargo, es como si nadar en esta limpidez fuera una especie de inocencia difícil que solo produce el contraluz de siempre estar lejos, bajo el agua o en la selva más espesa de estar aquí, y que se atenúa en la distancia. Como si la molestia que te impide ver con claridad no fuera una astilla que te enturbia la mirada, sino una virulencia tranquila que te hace estar a gusto. Como una fluidez nerviosa, una desnudez de los ojos. Algo que tiene la textura de un secreto, que tiembla en el prodigio tranquilo del reposo sin dejar, sin embargo, de ser convulso y trepidante. Una geopoética que busca hacer sentir los efectos de la interacción con la luz y que hace surgir un pensamiento de paisaje. Una manera de leer el espacio, el descosido de lo ilimitado que nos roe el alma. Así, como cuando te sumerges en la mar tranquila de una mañana de verano o te oculta la hierba, y nadas en ese moaré, verde exuberante de aguas tornasoladas, y de destellos jaspeados que cruzan en el arabesco del follaje. Y estás en el silencio ermitaño de cuando algo queda suspendido en el aire.
¿Qué haces aquí, con esa lástima que te hacen sentir las malas hierbas? ¿Qué buscas en la humildad de permanecer bajo el agua? ¿Qué te hace pensar que en una luz estéril, en la fulgencia infructuosa de visos iridiscentes, hallarás la atmósfera de una inminencia, porque en el destello adivinas las pistas, y distingues en ellas la fertilidad de saber despojarte en lo incierto, en la desenvoltura de ser simple. Como si estuvieras al principio, en las notas de un preludio. Donde aún sientes la atracción de lo que ha de nacer. Tú, y ese rumor de estar lejos. Y la libertad incondicional de una poética del desbordamiento, pero sin dejar de palpar la extrañeza del mundo circundante, entre tornasoles y mallas, y una sensación de ungüentos, un sentido de adherencia que hace pensar en la fuerza de atracción que atraviesa el cosmos, como si fuera posible notar en la piel la fricción de algo que siempre está en el inicio, brote que nace, el principio de un brote tierno, o tuvieras que perderte en el cromatismo exuberante del espectáculo submarino, donde una fuerza oscura que lo liga todo parece más evidente y se expande. Hay no sabes muy bien qué de reconciliación en esa manera de decir el mundo, entre las sombras lobunas de manchas oscuras y claras, ahora en la evocación oceánica que vuelve con quien camina bajo el agua. Dice la maravilla del mundo y la desposesión, la desavenencia del hombre y la naturaleza, todo, de quien busca mostrar lo que hay desde el corazón de la tierra. Como un canto de sirena. Cosas que se han de aclarar en la hondura. Un rumor de bondad, perspicacia intuitiva, bullicio de deseo y memoria, pero sin dejar de encarnar una amenaza persistente, emboscada y furtiva. Como si mirar, aquí, fuera una forma de ablución. No sabes cómo, y estás ante un firmamento abisal. Y en un silencio cartujano fuese posible oír la voz del agua. O aquella euforia líquida que provoca la tentación del espejismo. Un estupor tranquilo, que solo los embelesados encuentran en el encantamiento moroso del follaje que se encabrita, en la ofuscación plácida, caleidoscópica, de la esponjera opulenta, de la frondosidad que te roe los ojos sucios y emboscados de querer encontrar no sabes qué de oracular y de oscuro. Que dice verdad, y a la vez es velo, y nunca acaba de resonar en la confusión feliz y estridente que zumba en esa poética de lo evasivo. Y que nos hace temblar en la idea de aprender a mirar de nuevo. En una especie de mística, pero lejos de cualquier forma de trascendentalismo.
Es cuando crees saber que mirar es poner atención y que ver, también es evitar el exceso de previsión que nos oculta la incandescencia del mundo. Que no es aquello que impresiona el ojo o hace las cosas visibles lo que venimos a entrever aquí, sino el éxtasis que nos aboca a la embriaguez de la visión, que nos deja caer en aquella oscuridad del deslumbramiento que saca a la luz el libro de maravillas. Por un momento llegas a pensar que el pintor se frota los ojos, en el desasosiego bucólico, pero no pretende distraerse ni hacerte mirar boquiabierto. En el acuario del mundo submarino o en la arborescencia de la vida vegetal encuentra una manera de desplegarse, de ser libre, de encontrar en las fragancias a su aire que sugiere y en las experiencias sensoriales que propone una sensualidad furtiva y un lugar donde ocultarse de la brutalidad y la crudeza inclemente que devora el momento en que somos. Un lugar para pensar. Porque nos sitúa ante la presencia plena y pletórica de las cosas. Echados en la hierba fresca o sumergidos con el ansia de entrar al fondo mientras te ahoga como una inusitada nostalgia de volver al mar y respirar por las branquias. Es de esta manera como nos devuelve el deseo de entrelazarse con las formas inagotables e incesantes de lo real. Y aquel anhelo de ir hasta allí, a la claraboya de los inicios, sí, al mar, y al sabor de tiempos primeros que siempre deja ir la hierba. Porque todo ese brillo que reverbera es la fuerza y la obstinación de la maravilla que nos permite apuntalar la vida cotidiana. Por eso la pintura de Rafel Joan es un canto solar, proviene de una sabiduría pagana, el estallido de lo vivo. Cada pincelada es un gesto claro, contra la rigidez, que se desprende del peso de la sombra y descubre la fluidez vivificante, la lubricidad del muérdago, el erotismo de la materia pegajosa, que no se propone como una épica de la ruptura, sino de la vacilación, desde ese temblor extraño con que responde la naturaleza, desde el claroscuro de la vida. Y con una paleta eufórica, gozosa, expansiva y vibrante. Pintar la germinación, las fuerzas mudas y secretas del brote, esa manera de moverse el follaje, la coreografía y la plasticidad vegetal, la refracción de la luz cuando atraviesa y crispa el agua en este silencio de alguer, manchado de arena. Y con la certeza de saber que ver es un proceso dinámico de transformación permanente con el deseo de absorber la vitalidad incontenible e indomable que nunca se estabiliza ni en una identidad, ni aspira a la fijación. Y descubrir en esa jungla modesta de la hierba que no hace horizontes, en el mutismo de escafandra y algas que se deshilachan, la difícil tensión entre el instante y la duración, capaz de deshacer nuestros ojos. En una verdadera ecología de las formas. Algo que en su manera dionisíaca se entrelaza a un sosiego apolíneo que titila entre el fragmento y la totalidad, entre el barroco y el clasicismo austero, como si pintar fuera solo metabolizar la luz. Y precipitarse en una embriaguez del fondo de un mar incalculable. O sentir ese temblor de hojas en el aire que remueve la claridad y que expresa tan precisamente nuestra fragilidad. Es entonces cuando la pintura de Rafel Joan muestra una claridad que tiembla, descarnada, desnuda, vulnerable, pero que se ensancha en toda su amplitud vitalista, cuando ese jardín es todo plantel, y semillas de almas abiertas, cuando las pinturas sumergidas son auténticos viveros de pasiones, una epopeya visual hedonista, de tanta vida que rebosa. Y podemos intuir si pintar no es como poner manchas, como la sombra que hace un árbol de rama muy clara, o el mármol verde que improvisa el oleaje y ve el ojo submarino. Y dejar que el sol lo toque. Una pasión convulsiva de nervios. Espasmos de luz en la piel del mundo.
Sebastià Perelló
Se puede visitar gratuitamente de martes a sábado de 11 a 14 h y de 16 a 20 h.
Mapa de Localización
Carrer Petritxol, 5, 08002, Barcelona (41.382703, 2.173025)