La transición
La muerte del general Franco, en el año 1975, removió el país. Y enseguida se hizo evidente que el proceso de transición pactada de un régimen de dictadura a uno democrático no sería un asunto fácil ni tranquilo.
Como ha sucedido siempre, los "pescadores de río revuelto", gente desarraigada de Barcelona y de Cataluña, aparecieron desde el primer día protagonizando acciones violentas, envueltos en banderas rojas o rojas y negras. Al mismo tiempo, "los poderes fácticos" nostálgicos de la dictadura aprovecharon la ocasión y la ingenuidad de la juventud que aspiraba al cambio democrático, para infiltrar agentes provocadores en los grupos protestatarios.
Siguiendo un esquema de actuación casi histórico, el escenario principal del desorden era la Rambla. Se cortaba la circulación, se pinchaban ruedas de los autobuses y, si hasta entonces no había llegado la policía, comenzaban a romper cristales de los establecimientos. En algunos casos se lanzaban cócteles molotov y había quien robaba género. Ante esa situación, el 3 de mayo de 1978, la Asociación convocó una rueda de prensa, donde un portavoz de la entidad dijo: "Son indignantes las situaciones de vandalismo y de altercados que se producen cada día en la Rambla".
Un representante del sector de hoteles, restaurantes y bares declaró: "Me siento desamparado por las autoridades, y parece que aquellos que actúan de manera salvaje estén protegidos por ellas". Otro comerciante explicó: "El jefe de policía de Barcelona nos ha insinuado que vayamos a Madrid a hablar con el ministro".
La situación perduró, y el 15 de octubre de 1978, el veterano periodista Carles Sentís escribió en La Vanguardia un artículo titulado "La Rambla, con honor", en el cual, entre otras cosas, decía: "La Rambla acaba de hacer un esfuerzo por conservar y revalorizar su identidad pacífica y eminentemente popular: flores en el día del Roser; carreras con participantes que viven allí, como por ejemplo Joan Gaspart, del hotel Orient; y finalmente, en este mismo hotel, nombramiento de Ramblistas de Honor al presidente de la Generalidad y a su esposa Antònia Macià de Tarradellas.
Hay, de hecho, ramblistas de honor y ramblistas con deshonor. Este último título es el que merecerían los componentes de las bandas que hace meses convirtieron nuestro primer calle en "un campo de agramante", con autobuses quemados o volcados, robos, asaltos y otros vandalismo casi diarios. Y si hoy la Rambla y sus alrededores han recuperado la normalidad es por el despliegue de dos compañías de guardias con casco, preparados para la defensa en las esquinas más estratégicas... Debemos salvar la Rambla de cualquier intento aniquilador".
Los hechos perturbadores de la Rambla, naturalmente, no eran privativos de la principal arteria de la ciudad. En realidad, reflejaban la situación del país. Durante 1977 había empeorado la situación económica, laboral y de orden público. En 1980, la situación política en Madrid era tensa. El partido del gobierno entró en crisis. El intento de golpe de Estado de febrero del 81 marcó profundamente la atmósfera, pero hacia 1982, con un nuevo gobierno, se entró en una fase de pactos sociales y de relativa serenidad pública.